EL ANDREION

Quieran tus dioses y los míos
que Amor nos alimente el vientre.
No hay ser más afortunado
que aquel que bebe en unos labios
a un dios enamorado y a su sangre.
(De "Ecbatana", 1998)

BITÁCORA DEL ESCRITOR ESPAÑOL JUAN GARCÍA LARRONDO.

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ZENOBIA

ZENOBIA
(1989-1990)



FICHA TÉCNICA




Género: Drama en varios tiempos.

Duración aproximada: 90 minutos.

Personajes Principales: 2 mujeres, 6 a 8 hombres.

Argumento:

La acción en tres tiempos, a lo largo del siglo III de nuestra era y en la actualidad, en Siria, Roma y cualquier punto de Oriente Medio. La historia narra el proceso al que se vio sometida la mítica reina de Palmira Septimia Zenobia por haberse alzado contra el poder de Roma y haberse declarado independiente del Imperio. Sin embargo, no es teatro histórico. En realidad, es una metáfora sobre el poder, la fugacidad y la reflexión de la existencia humana.

 
 
 
 
 
ZENOBIA
(FRAGMENTO)





     Tinieblas. Emesa, Siria. Año 273. Proceso contra la reina ZENOBIA. Cuando se hace la luz, la rea aparece sentada y cabizbaja. Presenta señales de malos tratos y unas largas cadenas que, desde sus manos, cubren todo el suelo del escenario con un mar de esclavitud. Al fondo parece distinguirse un muro, aunque más bien podría ser la inmensidad. Desde las alturas, un hermoso ÁNGEL observa la brevedad de la existencia mientras tensa el otro extremo de las cadenas. Entran de la nada DOS SOLDADOS romanos que se sitúan detrás de Zenobia. Instantes después lo hace el PREFECTO Marcelino que gira y observa a la cautiva en silencio. Lejos se oye la repetitiva estrofa de una mujer que canta versos de amor, hasta que su voz es ahogada por el temblor de unos tambores de guerra. Se retiran lentamente las tinieblas y comienza la creación...


ZENOBIA
(Susurra varias veces en su lengua). Recuerdo, ya solamente, una luz muy hermosa que me ofrecía Astarté, todos los días, en el perfil del universo...

PREFECTO
(La acecha). Astarté. Luz. Universo. ¿No te duelen las manos de poseer tanto, reina Zenobia?. ¡Vamos!. ¿Acaso quieres más cadenas, más sufrimiento, más dolor?. ¿Por qué no acabamos de una vez?. No tiene ningún sentido, ¿sabes?. Ahí fuera, en las calles de Emesa, celebran tu derrota y nuestra victoria, ¿no los oyes?. Hablan tu lengua. Son los mismos que te adoraban como reina y, ya ves, se olvidaron de ti. ¿A quién quieres defender entonces?.

ZENOBIA
(Perdida). Recuerdo, ya solamente, una luz muy hermosa que me ofrecía Astarté, todos los días... (A una señal del Prefecto, el soldado la calla de un golpe).

PREFECTO
Te conocemos, Zenobia. Roma ya sabe de tus engaños, de tus malas artes de hechicera y de las supersticiones de tu pueblo, pero se cansará antes tu cuerpo que la mano del verdugo, porque detrás de éste vendrá otro, y otro, y otro..., y, a pesar de todo, no será Roma la que pase a la historia por su crueldad, sino tú, por tu locura suicida, por tus vilezas y, sobre todo, por que no tienes la razón. (Silencio). Pero, claro, ya veo que no quieres entenderlo ni estás dispuesta a facilitarnos las cosas, ¿verdad?. Bien. (A su señal, los soldados vuelven a golpearla. El Prefecto intenta calmarse). Por lo que a mí respecta podemos seguir así mil doscientos sesenta días más si eso es lo que quieres. O también podemos parar este martirio que no nos conduce a nada. De ti depende. Ya te he dicho que lo único que quiero saber es la intención del rey persa. Dime, ¿es cierto que está organizando un nuevo ejército para invadir Roma?. Basta con que me describas su fuerza real, sus estrategias, vuestros acuerdos secretos y te aseguro que...

ZENOBIA
(Exhausta. Habla ya en la lengua del Prefecto). Recuerdo, ya solamente, una luz muy hermosa que me ofrecía Astarté, todos los días, en el perfil del universo...

PREFECTO
¡Puedo hacer que te tragues toda esa soberbia en un instante, maldita sea!. ¡Habla, por los dioses!.

ZENOBIA
(Extrañamente lúcida). ¿Es que no me escucha?. ¿En qué lengua debo decirlo?. Vuelvo a repetir que yo únicamente me ocupé la gloria de Palmira. De su desgracia sabéis vosotros más que yo.

PREFECTO
(Ríe). Claro... Y después de todo lo que has sido capaz de tramar contra el Imperio, ¿esperas que piense que tras tus sueños de grandeza no existía toda una coalición sirio-persa para invadir Roma?. ¿De veras tengo que creérmelo?. ¡Ah, Zenobia!.

ZENOBIA
(Sonríe). Deliras, Prefecto. Pierdes el tiempo.

PREFECTO
Afortunadamente, nada de lo que urdisteis tuvo lugar. ¿No lo ves?. Tétrico ha sido derrotado en la Galia, Palmira pronto será un recuerdo erosionado en el desierto, y Roma vuelve a ser Roma: ¡La eternidad, Zenobia!. Eso es la Eternidad. Y aún más... Acuérdate de lo que te digo. Quizás vivas para ver como las legiones romanas conquistan Ctesifonte y clavan su estandarte en el trono de Sapor. (Zenobia, nuevamente ausente, repite la frase del principio). Eres absurda, ¿lo sabes?... Acaban de comunicarme que el Legado del emperador ya ha desembarcado en Antioquía, pero hasta que sepas tu condena definitiva, te aseguro que pienso hacerte tanto daño que jamás podrás volver a reconocer tu cara. ¡Ni tus hijos tampoco!.

ZENOBIA
¿Absurda?.... Sí, yo soy la reina de los absurdos, es verdad... Quemadme por ello, pero no toques a mis hijos. Te lo advierto, Prefecto...

PREFECTO
¡No me amenaces, Zenobia!. ¡No puedes!. (Ríe). ¿Qué vas a hacer para impedirlo?. ¿Maldecirme?. ¡Ah, qué poca luz queda ya en tus ojos, Zenobia!. Busca... sigue buscando esa luz que dices de Astarté, en el perfil del universo...¡Vamos!. ¡Búscala!. A ver qué es lo que encuentras...

     (El Prefecto, entre risas, bebe y le aproxima luego el cántaro con agua a la prisionera, pero derrama el contenido ante ella con malicia. Acto seguido hace una señal a los soldados y éstos vuelven a golpearla. El ÁNGEL, desde su suprema morada, tensa las cadenas. Posee la altivez y la belleza de los jóvenes de la Bitinia, y la fuerza y el aspecto de un Grifo mesopotámico).

ÁNGEL
Creo que ya hemos oído todo lo que sabíamos y no lo que queríamos saber. Reina Zenobia, ¿tienes algo más que decir en tu defensa?. (Zenobia mira a su alrededor y calla, impotente. El Ángel resplandece). Desde este glorioso día, y concluyendo la misión para la que fui creado, te nombro y afirmo como rehén de Roma. Tus bienes y tus esclavos pertenecen ya al Imperio Romano. Tu séquito y tu ejército serán juzgados por la autoridad de los hombres, y ajusticiados como ordena la tradición.

ZENOBIA
(Grita). ¿Por qué?.

ÁNGEL
Por traición.

ZENOBIA
¿Por traición a quién?. Sois vosotros los culpables de la miseria y de la ruina de mi gente, de mi sueño... Me lo habéis quitado todo... Matásteis a mi esposo y a mi hijo. ¿A qué esperas, Ángel, para matarme a mí también?. Si has de cortar una cabeza para calmar tu sed de castigo, sesga ya la mía. ¡Vamos!. Pero deja a mi pueblo en paz.

ÁNGEL
Guarda silencio. Tuviste la oportunidad de defenderte y la despreciaste, así que recibe entonces la humillación que mereces. Vivirás como ejemplo permanente del destino que aguarda a todo aquél que levanta sus brazos contra el Imperio. El Emperador, el Senado y el Pueblo de Roma así lo mandan. Este es el deseo de Dios y la omnipotencia de su poder.

   (Breve silencio. El Ángel se apaga y desaparece, también los soldados. El Prefecto aún la observa unos instantes).

ZENOBIA
(Asustada). ¡No os vayáis!. ¡Ten compasión de mí, Tánatos del mundo helado!. ¡Prefecto, tu daga, te lo ruego!. Dame la muerte, por favor. No me dejes vivir más...

PREFECTO
(La admira un momento, luego sonríe). ¡He ahí a la que se proclamó emperatriz invencible de Oriente!. ¿No decían de ti que eras la más sabia entre los sabios?. ¿Por qué no haces un número de magia y te salvas a ti misma?.

ZENOBIA
No me insultes más y dame una muerte digna...

PREFECTO
¡Mírame!. ¡Vamos, mírame!. ¿Ves ternura en estos ojos?. Muchos de mis amigos fueron torturados y masacrados en tus prisiones de Palmira. Roma también es madre para sus hijos, así que no me hables de morir con dignidad...

ZENOBIA
(Volviéndose a las tinieblas). Todo bien para mí se ha perdido; mal, sé tú mi bien.

PREFECTO
Ya estás sola, Zenobia. Reconsidera tu vida, tus errores y goza al fin de esa soledad que tanto aprecias. Nos veremos de nuevo en Roma, en los reflejos del Tíber, en el desfile del triunfo que ha de exhibirte ante el pueblo por las calles. Y luego, por mis dioses, espero que desaparezcas para siempre de mi mente y no vuelva a verte nunca más.

    (El Prefecto se marcha. Zenobia le sigue con la mirada, anhelante, vacía. Expulsada del paraíso, se arrodilla, tremendamente sola).



ZENOBIA
(Casi arrogante). Yo, Septimia Zenobia. Reina indiscutible de Palmira, emperatriz de toda la Siria, Mesopotamia y Egipto. Esposa del que fue el mejor guerrero de la Historia, mi fiel Odenato, y madre de sus hijos, muertos o no... Recuerdo, ya solamente, una luz muy hermosa que me ofrecía Astarté, todos los días, en el perfil del Universo...
    Nací en un barrio humilde, donde no se conocían las fragancias del Líbano. Yo misma hice construir, sobre aquel yermo solar, la Academia y la Biblioteca de mi reino. He perdido mis recuerdos por el bien de mi pueblo, al que di riquezas y prosperidad, futuro y esperanza. Renuncié a la comprensión de los ancianos de mi casa, y sembré en sus huertos la cultura y la filosofía. He adorado a mis manes y les he levantado dignos templos y santuarios. Formé a mis ejércitos -¡ah, la caballería Sagitaria!- , multipliqué el pan, arrinconando el hambre y la enfermedad, hasta que no quedó ni una sola aldea en mis dominios en la que no corriera el agua fresca y la alegría. ¡Por fin éramos libres tras cientos de años de esclavitud bajo el yugo romano!. Y ahora... Ahora ésa es mi sentencia de muerte... ¡Pero no la de mis hijos!. (Trata de sobreponerse) De nada me avergüenzo. Todo lo que tengo me lo debo a mí misma. Absolutamente todo lo que he logrado, me lo merezco, pero no esta injusta penitencia. ¿Qué más da el método, si al fin se llega?. Sé cómo manejar un estado, y está grabada en mi corazón la ley de la vida. Ayer fui amiga y hoy soy esclava. ¡Qué gran farsa!. Para quien nunca poseyó nada, perderlo todo es sólo agua que refresca la boca y después se tira. ¡Mirad mi ocaso, hermanos de las profundidades!. Pero seguiré en pie. Zenobia permanecerá inalterable al tránsito de los hombres y de las eras. Quitádmelo todo y dejadme libre y viva. Antes de que muriera el sol de esa jornada, Zenobia volvería a ser grande, rica y poderosa, hermosa y altiva. ¡Ay, Tiempo!. Tan sólo añoro la juventud. ¡Diez, quince años menos!, y ya no habría un sólo varón sobre la Tierra que se hubiera atrevido a ponerme la mano encima. Y, a pesar de todo, siete hijos ha parido este vientre al mundo, y fui yo la que escogió a los hombres que gozaron bajo mis sabanas.
     Si pudiera revivir aquellos días juveniles, alteraría, sin vacilar, el orden seguido por mi vida. Untaría mi cuerpo con aceites y polvos del desierto. Me entregaría, en toda mi belleza, a los hombres morenos que traen en los ojos el color del río sagrado de la India, y las manos heridas y sedientas del trayecto de las caravanas. Sí, eso haría. Con la agilidad de una niña, hundiría a cada uno de esos hombres bajo mis piernas y, como Lilit, me convertiría en un extremo más del mismo cuerpo, recibiendo en mis entrañas jugos de mundos lejanos, de sombras y de gentes que han existido desde siempre en mi imaginación. De ninguna manera volvería a pertenecer a un sólo hombre, ni a un sólo Dios, ni a un sólo súbdito de mi reino. Sería una mujer libre, deseosa únicamente del placer y el gozo de vivir. No necesitaría más que la ufanía, los ojos bien abiertos, y el mundo y las estrellas abrigándome entera. ¡Oh, sí!. Nunca más un ideal, nunca más la tristeza, ni la guerra, ni la codicia. Sólo conmigo el genio divino de la maleza, el rugido sensible de la brisa, y la arena mojada como lecho de muerte, para no perder nunca la perspectiva de todo lo que me pertenece y me rodea...

     (Susurra con pasión el viento de los océanos. Resplandece LUZBEL, que llega con la brevedad de una ola. Se conmueven todos los órdenes ante el ave más bella de la Creación).

LUZBEL
¡Pobre Zenobia, antaño hermosa y bienamada, y hoy, vieja y marchita!.

ZENOBIA
¡Luzbel!. A veces tus besos son crueles, hermano del Tártaro. Te permito la compasión, pues viene de un Dios de los cielos, pero jamás podrás evitar mi indolencia y mi desesperación.

LUZBEL
(Casi obsceno, juega entre las cadenas). ¡Poder!. ¡Poder!. ¡Poder!. ¿Quién menciona, sino tú, el enigma del poder!. Escucha, reina instruida. Si pudieras revivir, como dices, aquellos días de juventud, no sólo te entregarías a los hombres, mujeres y fieras del desierto, sino que serías la mayor ramera de todo Oriente, y acabarías tus días como dueña y señora del más prestigioso prostíbulo de Ugarit, Antioquía, Palmira o quién sabe si de la mismísima Roma. (Zenobia sonríe. Luzbel la atraviesa con sus ojos de lobo). Pero serías tan sólo mía, y tu lengua, mi húmedo lecho de muerte. (Casi la besa. Cambia súbitamente de actitud y la abandona). ¿Duele?. (Zenobia le rehuye). Amada alma, amiga alma... ¿No te da lástima no haber sabido comprender nunca el verdadero misterio del poder?.

ZENOBIA
Apenas recuerdo nada de la infancia. Imposible reconstruir, inútil juzgar si fue feliz o triste. Se quemó muchas veces mi piel con la arena del desierto, y la primera vez que desde los árboles, vi el azul del mar dibujarse tras las ocres haciendas de Sidón, me subió por los recién nacidos pechos, el olor de las algas y la salmuera. Allí conocí y me entregué a la sagrada morada de Astarté, y a su servicio, un día de lluvia, grandes dolores e ignorancias, una sacerdotisa me desveló que ya era mujer fértil.
    Teníamos dos cabras, una mula roja, una vaca con el santo emblema sobre la frente y varios perros...

LUZBEL
(Postrado como una esfinge). Domini Canem...



ZENOBIA
Tenía doce hermanos, pero ya casi no puedo recordar sus nombres. Yo ordeñaba cabras en la casa de un rico judío, mientras que su mujer me enseñaba a leer y a trabajar en las cosas que toda jovencita debía aprender. En la noche que aquel anciano de brillantes ojos y hedor inolvidable profanó con su poder mi cuerpo intacto, comprendí que aquello era lo único que recibiría en adelante de los hombres. Creo que apenas tenía nueve años, y ya conocía el primer enigma de la fuerza: la sabiduría. Mientras pude, saqué provecho de aquel "idilio", obteniendo substanciosos regalos a cambio de retozar con él a escondidas de su esposa. (Luzbel asiente y se lame, infantil). El viejo se encaprichó conmigo. Al principio era sólo un juego, más tarde se convirtió en una disciplina de supervivencia. Mis hermanos y yo empezamos a vestir entonces nuestros cuerpos del más blanco lino, y dejó de faltar en nuestra casa la leche tibia, el trigo y las especias variadas que, a menudo, traían al puerto los hombres rubios del otro lado del mar. Obligué a mis hermanas a hacer lo mismo con algunos ricos comerciantes de los alrededores. Llegó un momento en que, después de morir aquella a la que llamábamos madre, asumí su papel de dueña de las cabras, de la vaca y del resto de las fieras, así como de las pocas monedas y joyas que dejó la muerta. ¡Inmensa dote!. Hasta de la miseria he sido reina. Un día, atraída por los gritos de las mujeres, vi salir de la casa de mis amos varios soldados romanos. Entre ellos había uno muy hermoso, al que yo conocía y amaba en silencio desde hacía algún tiempo sin que él, por supuesto, lo supiera o hubiese reparado nunca en mí. Vi sus manos viriles, tantas veces soñadas en secreto, cubiertas de sangre, y su coraza, dorada y bruñida con delirantes relieves, también empapada de la sangre de aquel matrimonio que había caído en desgracia y que ya estaba muerto. Observé desde un escondrijo que sólo yo conocía como sesgaron sus gargantas y no hice nada para socorrerles. Una vez sola, entré en la casa, robé todo lo que mis manos pudieron abarcar y salí corriendo sin parar, sin mirar nunca hacia atrás. Creo que, cuando me detuve, yo ya estaba sentada en el trono de Palmira. Y si recuerdo todo aquello, creo que es por que nunca he conseguido olvidar el rostro de aquel centurión romano al que tanto amé y al que nunca juzgué por la crueldad de sus actos. De hecho, su cara es lo único que recuerdo ya de aquella horrible noche. Dime, entonces, si no conozco el misterio del poder.

LUZBEL
(Adorándola). Te equivocas. Yo estaba allí, y te vi, y te amaba igual o más de lo que tu me amabas a mí.

ZENOBIA
No juegues más con mis tristezas, Satanás, y déjame para mí sola la caída.

LUZBEL
Todo estaba escrito, aun antes de que cuidaras mis rebaños en aquel tibio establo de Sidón. Yo fui el anciano que te despojó de tu inmaculado ensueño. Yo era también aquel romano que idolatrabas de manera tan imposible. (Mostrándoselas) Eran estas las manos que soñaste, la misma faz ensangrentada, ¿no la reconoces?. Yo era también la esposa que te enseñaba a bordar y a la que tan mal serviste luego con tu engaño. Yo era tu madre, tu hermano, tu hermana, tu perro sin señor y la cabra que ordeñabas con aquellos dedos lascivos e inocentes. Yo era tu sangre resbalada entre tus piernas y la propia Astarté a la que suplicabas desde niña: “¡Dame todo el poder!. ¡Dame el poder!” Yo ya no soy otro más que tú misma. Y eso lo has sabido siempre.

ZENOBIA
¿Realmente eres tan débil, Prometeo?. Dime entonces con lentitud, amado amigo, si estamos hechos de la misma esencia ¿qué es más infinito, el amor o el deseo?.

LUZBEL
¿Por qué preguntas si conoces la respuesta?.

ZENOBIA
Por que me gusta tu voz, tu mueca de león herido. En el aroma de tu aliento está la esperanza, la llegada de la muerte. Cuéntame, Luzbel. Repíteme hasta el final la historia de mi ocaso y de mi grandeza.

     (El símbolo de Luzbel cobra vida. Se ilumina la cúpula del Averno, y el Ángel Caído, por fin, se expresa en toda su belleza).

LUZBEL
Está escrito, Zenobia: Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta, y grita con los dolores y el tormento del parto. Y apareció otra señal en el cielo: un gran Dragón Rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas, siete diademas. El Dragón se detuvo ante la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuanto lo pariese. La Mujer dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro; y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono. Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada mil doscientos sesenta días.

     (Aparece el ÁNGEL, jamás precipitado, e iniciará la lucha con Luzbel).

ÁNGEL
Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón.

LUZBEL
(Elevándose a su altura). También el Dragón y sus Ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos.

ÁNGEL
Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la Tierra, y sus Ángeles fueron arrojados con él.

LUZBEL
Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos. Por eso, regocijaos, cielos y los que en ellos habitáis. ¡Ay de la tierra y el mar! porque el Diablo ha bajado donde vosotros con gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo.

     (Zenobia contempla y sufre un combate que no es más que una proyección de su lucha interior. En él, el arrepentimiento y la soberbia se confunden, como jamás se distinguieron el Bien del Mal y el Ángel perdido en los abismos del que permaneció).

ÁNGEL
Cuando el Dragón vio que había sido arrojado a la Tierra, persiguió a la Mujer que había dado a luz al Hijo varón. Pero se le dieron a la Mujer las dos alas del águila grande para volar al desierto, a su lugar, lejos del Dragón, donde tiene que ser alimentada un tiempo y tiempos y medio tiempo.

LUZBEL
Entonces el Dragón vomitó de sus fauces como un río de agua, detrás de la Mujer, para arrastrarla con su corriente.

ÁNGEL
Pero la tierra vino en auxilio de la Mujer: abrió la tierra su boca y tragó el río vomitado de las fauces del Dragón.

     (Los dos Ángeles se besan. Quedan desesperadamente abrazados durante un instante de eternidad. Al separarse, llenos de dolor, aún hablarán -como cuando eran sólo Uno- con su única voz).

ÁNGEL Y LUZBEL
Entonces, despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.

      (Ambos Ángeles caen al suelo, ausentes de divinidad y partidos por el desamor. Lágrimas. Avergonzado, el Ángel Miguel, le rechaza y huye. Luzbel, desconcertado y otra vez abandonado, permanece inmóvil en el fondo. Cambia la iluminación y el tiempo. Zenobia en pie. Entra, alterado, ZABDA, jefe de las tropas de Palmira, que se arrodilla ante la reina).

ZABDA
(Desde el pretérito). ¡Mi reina!. Antioquía ha caído. Nuestros arqueros retroceden y las legiones romanas han cruzado ya el Orontes, enfilando sus estandartes contra las murallas de Palmira. Uníos a vuestros hijos y huid. Los mejores arqueros de la Sagitaria os escoltarán. ¡Huid, reina Zenobia!.

ZENOBIA
(Inquiriendo a Luzbel). ¿Pero acaso tengo que morir huyendo?.

LUZBEL
(Seductor). Recuerda que tú y yo somos, tan sólo, uno de los nuestros. (Crecen los ruidos de la batalla). Mira por última vez tu sueño. ¿Recuerdas, amor mío?. (Le desprende milagrosamente de las cadenas y la ayuda a caminar). Templa tu espíritu de tiranía y orgullo. ¿Ya no recuerdas la derrota?.

ZENOBIA
(Siente miedo, se arroja a los pies de Luzbel). ¡Oh, Baal Zebub!. ¿Por qué lo permitiste?. ¿Por qué tuvo que ocurrir?. ¿Por qué Palmira?. Por piedad, hermano... ¡Yo seré eterna para ti!. No me abandones tú también. Por favor, por favor...

LUZBEL
Yo sólo beberé tu sangre el día en que me ames de verdad.

ZENOBIA
Pero... ¡Yo te amo!.

LUZBEL
Entonces tus recuerdos han de ser los míos, y los míos, tuyos. ¿Ya no te acuerdas cuando Dios nos expulsó del Paraíso?. Mira, ¿no es Palmira la que arde?. Adiós, Zenobia. Nos veremos de nuevo en los reflejos del Éufrates.

ZENOBIA
¡Maldíto seas, falsa luz de los moribundos!.

LUZBEL
Maldito soy, pero te amo. (Desaparece. Los gritos del combate cada vez son más violentos).

     (Vuelve la luz a Zabda, que no ha cambiado de posición. Ahora se nos mostrará más inquieto y asustado).

ZABDA
¡No hay tiempo ya, mi reina!. El emperador Aureliano está en las puertas de Emesa. ¡Apresuráos y volver cuanto antes a Palmira!.

     (El recuerdo se queda nuevamente inmóvil).

ZENOBIA
¿Y quién tiene prisa por morir?. Haya Dios o no lo haya, si Samael me abandona no supondrá ninguna diferencia. Al menos no tendré su poder en contra mía. (Cambia rápidamente de expresión). ¡Oh, Luzbel!. ¿Seré capaz?. ¡Vuelve!. ¡No quiero morir sola!. (Nuevamente con fuerzas). Hoy seré mujer implacable y madre instintiva de mi reino, por el dolor de tan fecundo parto moriré. Seré hombre, monarca y guerrero, digno de la estirpe de David. Por la gloria de mi esposo y en su nombre, hoy moriré y resucitaré. Para Roma, para Aureliano y para todos los imperios que amenacen mi casta, no solamente un dragón, sino la mismísima Bestia seré. (Transición). ¡Venga mi escudo y mi espada!. ¡A mí la más hermosa caballería acorazada de la historia!. Remontad las murallas y arrojad el oro que nos sobra, para que los sedientos aplaquen su sed. Que canten vuestras trompas, aunque se desplome nuevamente Jericó. ¡Que se oiga nuestro grito de guerra en Babilonia, en Damasco, en Alejandría, en Ctesifonte e incluso en la Subura!. ¿Dónde están mi séquito, mis amigos y mi familia?. Que se adornen los templos, para que no vea Baal en nuestro triunfo la arrogancia. ¡Oh, mi adorada Palmira!. Ciudad entre las ciudades. Utopía y recuerdo de mi felicidad, mi poder y mi amor. Hoy tus pórticos y ágoras lloran de júbilo la vida y la muerte que con la sangre de tus hijos se escribirá. Reuníos conmigo en este día de gloria y crucifixión. Potencias del subsuelo, ángeles y arcángeles, profetas y ninfas del sagrado cielo. ¡Alzo mi espada por todos los indeseables, los malvados y por toda la escoria de la Tierra!. (Llora). ¡Luz de mi vida y del Seol, mi amante Hijo de la Aurora, querubín resplandeciente, mírame!. Yo, Septimia Zenobia, reina de Palmira, Augusta y Señora de Siria, Mesopotamia, Egipto, el Bósforo y la Calcedonia, os invito a caer conmigo y os invoco...

ZENOBIA Y LUZBEL
... porque subiré por encima de las nubes y las estrellas, e instalaré mi trono en Safón, el monte de la Asamblea, y así seré igual a Dios...

     (Luzbel desaparece y Zenobia queda exhausta al borde de la sima infinita).






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