EL ANDREION

Quieran tus dioses y los míos
que Amor nos alimente el vientre.
No hay ser más afortunado
que aquel que bebe en unos labios
a un dios enamorado y a su sangre.
(De "Ecbatana", 1998)

BITÁCORA DEL ESCRITOR ESPAÑOL JUAN GARCÍA LARRONDO.

Bienvenid@! Este cuaderno está siempre en intermitente construcción. En él podrá encontrar noticias relacionadas con el autor así como enlaces para conocer algunas de sus obras editadas, aficiones, webs favoritas, notas de prensa, artículos de opinión, videos de antiguas representaciones teatrales y alguna que otra incongruencia.

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EL ÚLTIMO DIOS

EL ÚLTIMO DIOS
(1987)







FICHA TÉCNICA

El Último Dios fue galardonada con el II Premio Internacional “Teatro Romano de Mérida” en 1989.

Género: Drama histórico.

Edición:

1ª Ed: Madrid, Sociedad General de Autores de España, 1989.

2ª Ed:“Teatro de la Memoria”: El Puerto Santa María, Altazor, 1996.

3ª Ed:”Teatro de la Memoria”: Cádiz, Festival Iberoamericano de Teatro, 2003.

Estreno:

Compañía Teatro del Sur. La Cartuja, Sevilla. 1994.

Duración aproximada: 100 minutos.

Personajes Principales: 6 hombres, 2 mujeres.

Argumento:

La acción, mediados del siglo II de nuestra era. En uno de sus múltiples viajes, el emperador Adriano recala con su séquito en la ciudad egipcia de Alejandría. Inspirada en las “Memorias de Adriano” de la escritora Marguerite Yourcenar, la obra narra los últimos días de vida de Antinoo, favorito del emperador, evocados a través de los recuerdos del monarca, ya anciano. Tras un monólogo inicial, la acción empieza a reconstruir aquellos días. La flota imperial se mece atracada sobre el Nilo. Adriano, tras visitar el senado local, se adentra en sus alojamientos acompañado por parte de su corte...

 
 
 
 
 
EL ÚLTIMO DIOS



(FRAGMENTO 1)


...Entra ADRIANO, ligeramente más joven que en un principio se presentó. Su tez morena, sus cabellos y barba dejan asomar algunas canas y posee una estructura fuerte y varonil. Es ahora un hombre vitalista y alegre, aunque nos parecerá cansado. Le acompaña el médico HERMÓGENES y el servidor negro EUFORIÓN, que le desvestirá de los atavíos de emperador.

ADRIANO: (Sirviéndose algo de beber). ¡Ah, Egipto! Todo aquí es tan grandioso... ¡Tan monumental!... ¡Tan inaguantable!. (Ve a SABINA). ¡Sabina! ¿Qué tal estás?

(La emperatriz se le acerca y se besan con austeridad).

SABINA: Mucho mejor ahora.
ADRIANO: Ya me comentó Hermógenes. Veremos si Egipto ejerce buenas influencias en ti. ¿Ya te marchabas?

SABINA: (Duda). ¿Te importa que me quede entre vosotros?

ADRIANO: Desde luego. Hermógenes y yo comentábamos que con todo esto del aniversario de la muerte de Osiris, los cánticos de los sacerdotes egipcios nos van a embalsamar los oídos...(Risas).

HERMÓGENES: Cierto, César. Aunque no podemos negar la sutil belleza de esas composiciones tan ancestrales.

SABINA: A mí me levantan dolor de cabeza.

ADRIANO: (Al esclavo). Gracias Euforión. (Se acomoda). La verdad es que empiezo a hastiarme de este país. Sería conveniente pensar en zarpar hacia otros puertos, ¿no?

SABINA: ¿Otro viaje? Pero si, prácticamente acabamos de llegar. ¿Volvemos a Roma?


ADRIANO: No, no. Sabes que tú puedes volver a Roma siempre que lo desees. Desembarcaré en Gaza y, luego por tierra iremos a...

HERMÓGENES: (Entusiasmado). ¡Jerusalén!

ADRIANO: (Cordial). No, Hermógenes, no. Jerusalén, no. ¡Elia Capitolina! Sobre las ruinas de la rancia ciudad judía levantaré una de las más grandes metrópolis de Oriente, y en nada tendrá que envidiar a la populosa Antioquía o a la mismísima Alejandría. Mi deseo es que reciba el nombre de mi gentilicio y el del gran dios: ¡Elia Capitolina! Los elios de Itálica darán su nombre a la ciudad innombrable! ¿No es sugerente? (Todos se disponen libremente alrededor del pódium de la escultura imperial y charlan amigablemente).

SABINA: Eso te traerá nuevos problemas, Adriano.

HERMÓGENES: ¿Y después? Es decir, eso si el pueblo judío y sus celotes no nos aniquilan en una revuelta.

ADRIANO: (Ríe). Luego Petra, Palmira, Antioquía y...Grecia. Mi amada Atenas. Tengo una gran necesidad de volver a ver el templo de Júpiter Olímpico, y el perfil de la nueva ciudad que se añade, día a día, a la del mítico Teseo. Esta vez, haremos la ruta por tierra.

SABINA: (Incómoda). Y...¿para cuándo Roma, César?

ADRIANO: (Sin mirarla, contrariado). ¿Roma? Pues aún no lo sé. Todos me acusan de no amar Roma, pero eso no es cierto. Es hermosa, me gusta su color de mujer anciana. He ordenado Roma como una casa para que el amo pueda ausentarse de ella sin que sufra por su ausencia. Las monedas de mi principado llevan tres palabras significativas: Humanitas, Felicitas, Libertas. Intento difundir estos principios a todos los confines del imperio y no puedo garantizar la eternidad de Roma sentado en un trono del Palatino. Donde yo esté, allí será donde estará Roma. Todo a su tiempo, Sabina.

SABINA: (Colérica). ¿Aún significa la palabra “tiempo” algo para ti? ¡Hace años que no pisas Roma! No aquí, sino en Roma es donde debe estar el emperador. Me consta que pierdes el tiempo. Por ejemplo, ¿también visitas ahora a hechiceras, César?

(Silencio violento. LUCIO, realmente elegante, entra en la estancia).

ADRIANO: Deber, deber... ¿Cómo es el mundo que para ti debe ser, Sabina? ¡Ah, Lucio! ¡Qué belleza! (LUCIO hace un saludo de danza al emperador).

LUCIO: Quizás llegue en un mal momento. En realidad puedo...

SABINA: ¿Es que yo nunca he de tener razón? ¿Acaso no es cierto que prefieres la voluptuosidad de tus amantes a la sagrada misión de reinar sobre el mundo?

LUCIO: (Intercede). Creo que, mejor, volveré un poco más tarde...

SABINA: ¡Quédate, Lucio! Todavía tengo que decir muchas cosas que estoy segura de que te van a interesar.

ADRIANO: (Atónito). ¿Te encuentras bien, Sabina? ¿Quieres que Hermógenes te prepare algo?

SABINA: ¡No, maldita sea! No estoy bien. Llevo muchos años enferma. ¡Estoy enferma de amor! Necesito el cariño que nunca me ha sido dado, el respeto que se me ha negado...¡Una mínima señal de compasión! (Mira a todos, fuera de sí). ¿Es que nadie me entiende? (A ADRIANO). No me has amado nunca, pero al verte amar como amas a ese niño, he tenido ganas de morirme. Todos mis sueños se han vuelto pesadillas, todo lo que construí, se me ha venido encima. (La sombra de ANTINOO atraviesa, silenciosa la escena). Publio Elio Adriano...mi amor. (Llora). Augusto, hijo –por mi amor– de Trajano y de Nerva. Conquistador de los partos...Sumo pontífice. (Ríe). Tres veces cónsul y ya no sé cuántas vencedor...¡Padre de la patria! ¿De qué patria? No de la mía, no de los hijos que nunca tuve...Sí, estoy enferma, y ya no puedo guardar más silencio. ¡No me mires así! ¿Me oyes? No soy un adorno, ni un objeto que se pueda arrastrar por todo el Imperio a tu antojo. Tampoco soy un cargo honorífico, amado esposo. ¡Yo soy tu mujer! (Se acerca a él, cariñosa, lo besa con pasión). Una mujer de carne y hueso, ¿no lo ves? Vamos, ¡tócame!, (ADRIANO, casi obligado, lo hace. ANTINOO, que lo presencia todo en silencio, desaparece lentamente). Te necesito tanto...(ADRIANO la besa en los labios. SABINA se opone con una mueca de repugnancia). Pero tú lo quieres tener todo, y yo tengo un precio. Olvídate de ese niño, te lo suplico. ¿Acaso ves en él el hijo que no tienes? Si me amas, yo te lo daré. Vuelve a Roma conmigo, y yo gobernaré junto a ti, y te serviré más que a nadie, como debe ser...



ADRIANO: (Apartándola con suavidad). No deseo tu mal, Sabina. Ni deseo que me sirvas. Nunca te pedí que vinieras, creo que nunca te he pedido nada. Jamás te he mentido, aunque siempre te he agradecido tu prudencia. Mis verdades, en realidad, tampoco son de las que deban decirse a voces. Vuelve a Roma o quédate aquí, como quieras. Pero no me pidas lo que sabes que nunca te voy a poder dar.

SABINA: (Perdida). Como siempre, tienes razón. ¡Qué lástima de mí! ¡Qué vida vivida en vano! Supongo que ya sólo puedo vivir entre mis mentiras. Sí, quizás me marche de Egipto...¡Estoy tan cansada! (Parece que va a desmayarse. HERMÓGENES y LUCIO van a ayudarla). ¡Dejadme! ¡No me toquéis! (A ADRIANO). Ninguno de vosotros sois lo bastante hombres como para que pongáis vuestras manos sobre mí. ¿También en eso me equivoco, César? (Largo silencio). Naturalmente. (Se marcha humildemente. Todos quedan preocupados y callados).


HERMÓGENES: (Intentando suavizar la situación, a Lucio con complicidad). Quizás también nosotros deberíamos retirarnos y dejar al César descansar un poco. La jornada ha sido dura y...

ADRIANO: No es necesario Hermógenes. Está bien. (Hace un esfuerzo por recuperarse. Se sienta y se muestra más animado) En fin... ¿Dónde está el niño? (Lo busca). Tampoco he visto a Chabrias...

LUCIO: (Algo indeciso). Pasaron un rato en el gimnasio conmigo. Supongo que estarán chanceándose de algún vendedor de sandías por Rhakotis...

HERMÓGENES: (Risueño). Me atrevería a sospechar que el bueno de Chabrias le estará enseñando todos los libros de filosofía de la gran biblioteca...

ADRIANO: Estaba pensando...¿Qué os parece si hacemos una excursión hasta Hermópolis? Podemos ir todos. Remontaremos el Nilo, volveremos a visitar las pirámides y así nos alejamos unos días de Alejandría. No me gustan todos estos cánticos de muerte y, creo que a Antinoo tampoco. ¿No lo habéis notado?

HERMÓGENES: ¿El qué, César?

ADRIANO: Su obsesión por la muerte. (LUCIO se ausenta, pensativo). En realidad, me preocupan sus silencios, últimamente muy frecuentes. Todo parece afectarle más de lo común. Y esa locura por protegerme. A veces, me despierto súbitamente en la noche y me lo encuentro frente a mí, como un centinela que vela por mis sueños. Llora y ríe con la misma facilidad. Se entrega a los placeres como si fuese la última vez que pudiera disfrutarlos. Y no entiendo el porqué.

LUCIO: Pero, eso es maravilloso, ¿no?

ADRIANO: Pero no es lo habitual en él. Bueno, a mí me parece que está triste y misterioso. Desde que llegó la emperatriz no suelo verlo muy a menudo. Creo que no le apetece jugar, ni cazar, ni aprender todas las ciencias que antes tanto le fascinaban.

HERMÓGENES: Su mal, mi señor, no es físico, sino del alma.

ADRIANO: ¿Qué sabes tú de eso, amigo Hermógenes? Habla, por favor.

HERMÓGENES: A su edad aún no se encuentra muy definida su verdadera naturaleza. El adolescente empieza a ser hombre y es probable que, en ocasiones, se vea solo o necesite respuestas nuevas ante situaciones que antes no llegó nunca a cuestionarse. Pero no veo que tengas que preocuparte sino, más bien...que le des la mejor medicina que hasta ahora he conocido: el amor...

ADRIANO: ¡El amor! Estoy haciéndome viejo, Hermógenes, y Antínoo ya no es el niño incansable en juegos, revoltoso e inocente que hizo sucumbir a un emperador ávido de amor en aquel palacio de Nicomedia. ¿Recuerdas? Como un atleta ático o como un jinete parto me mostraba hace meses su hombría cazando aquel enorme león en Libia. Amor, amor griego en su amplitud. Nosotros también éramos como esos camaradas de un tiempo más noble que compartían en la batalla la gloria y la ternura. ¿Recordáis aquella ascensión al Etna? ¡Gritaba y se adelantaba al cortejo como un fiel perro ahuyentando cualquier peligro para el amo!. ¿Os acordáis?

HERMÓGENES: Yo me temo que no, César.

ADRIANO: ¿No?

HERMÓGENES: ¿Acaso olvidaste que me quedé sin aliento mucho antes de alcanzar la cima del volcán? Lo único que recuerdo –eso sí– fueron las burlas del niño. (Todos ríen).

LUCIO: (Triste). Todos hemos sido niños.

ADRIANO: (Tierno). Mi buen Lucio. Yo sé que tú sí te acuerdas. De eso y de muchas cosas más, ¿verdad?. (LUCIO sonríe). De hecho, has sido tú quien has tenido que recordarme que Antínoo cumplirá pronto 20 años. ¡20 años!. He pensado ofrendarle un nuevo halcón, aún más hermoso que el que sacrificó por mí. ¿Creéis que le gustará?.



LUCIO: (Asomado a una de las ventanas). Pregúntaselo tú mismo. Ahí llega con Chabrias.

HERMÓGENES: (También asomado). Y Chabrias viene pálido. (Ríe). No, no creo que hayan ido a la biblioteca.

LUCIO: Yo, con tu permiso, me retiro a mi barco. Vendréis hoy a cenar a bordo, ¿verdad? Los actores están ensayando una pequeña comedia que os he escrito y no podéis perdérosla. (Ríe). César...(Con una exagerada reverencia se marcha).

(HERMÓGENES se retira también. El emperador observa su propia imagen en la escultura, mientras aguarda nervioso la llegada de ANTINOO sentado en su trono e intentando fingir su ansiedad. Entra en escena ANTINOO, cubierto de sudor, que queda sorprendido por la presencia imperial. Intenta disimular un poco su sensación de culpabilidad).



ADRIANO: ¡Que los dioses te bendigan, bello bitinio! (Alza una copa que ofrece al griego. Éste bebe y se echa a los pies del emperador. ADRIANO le acaricia el cabello). Tu cuerpo tiembla como si fueses a desmoronarte, como si tu voluntad y tus pensamientos desaparecieran ante mí. Antinoo...aquí estás, junto a mí, y no es un sueño. Tu vida es servirme y amarme, posado y acurrucado a mis pies, en silencio, como ahora, con los ojos cerrados, soñando...¿en qué? (Pausa). ¿No me vas a decir de dónde vienes?

ANTINOO: (Duda). Fui a navegar, con Chabrias.

ADRIANO: Debiste remar con fuerza, pues desde aquí noto los latidos de tu corazón.

ANTINOO: No sé. Remamos sin rumbo. (Sintiéndose acorralado, cambia de carácter y, de un salto, se enfrenta al emperador, cómico, como si fuese un viejo senador). ¿Y tú? Háblame del balance de importaciones de grano! ¿No crees que son descaradamente favoritistas con Roma? ¡Contesta, César! Te lo suplica el senado de Alejandría. (Risas. Empiezan a bromear y los dos caen al suelo).

ADRIANO: ¡Quieto! ¡Quieto! (Fingiendo solemnidad). ¿Cómo te atreves a ofender de esta manera a tu emperador? (Le hace cosquillas, ANTINOO grita y ríe. La presencia de la emperatriz SABINA atraviesa silenciosamente la escena, observándolo todo). ¡Venga! ¡Dime ahora todo eso otra vez! ¡Vamos! (Risas. Los dos quedan unidos, se miran y se besan con delicadeza). Te amo...

ANTINOO: ¿Sí? (Ríe). Pues yo no...

ADRIANO: (Acariciándole). Te amo.

ANTINOO: (Cediendo). Yo no...

ADRIANO: Te amo.

ANTINOO: Yo...Yo no podría dejar de amarte nunca. (Los dos se dan súbitamente la espalda, apoyados uno contra el otro. Se vendan los ojos, en una especie de juego habitual en ellos).



ADRIANO: No te alejes nunca de mi vida, joven griego.

ANTINOO: Todavía más, te prometo que siempre estaré contigo.

ADRIANO: ¿Estás sufriendo por mí? Cuando te miro así, creo que te vas a romper, que te irás y que me volveré loco.

ANTINOO: (Se agarran las manos). Soy más fuerte que tú. Tú eres el débil. ¿Y cuando sea viejo todavía me amarás?

ADRIANO: Yo ya estaré muerto, y volveré al mundo de los vivos para besarte cuando duermas junto al que me ha de reemplazar.

ANTINOO: No podré vivir sin ti. No amaré a nadie más que a ti, y seré yo el que venga a buscarte para emprender el último viaje. ¿Te colocarán sobre la lengua una moneda que lleve grabado mi rostro? (Se desprenden de las vendas).

ADRIANO: ¡No digas eso! ¡Quiero volverme!

ANTINOO: ¡No! No tengas miedo de vivir. Yo te salvaré.

ADRIANO: ¡No! ¡No! ¡No puedo más! (Se vuelven los dos y se miran fijamente). ¿De qué me tienes que salvar?

ANTINOO: De la vida, de los sueños, de los dioses que te envidian y te engañan.

ADRIANO: ¿Por qué lloras? ¿Por qué están apagados tus ojos? ¿Por qué te empeñas en alejar de mí los buenos tiempos? (ANTINOO se incorpora y se aleja del César).

ANTINOO: No me gusta este juego. Es una tontería.

ADRIANO: (Más natural). ¿Por qué? Lo inventaste tú. (Pausa). ¿Qué te pasa? (Silencio).

ANTINOO: Me siento triste.

ADRIANO: ¿Por qué?

ANTINOO: No sé. (Se vuelve hacia el emperador). ¡Vámonos ya de aquí! Los dos. Estoy cansado del séquito, de tantas presencias extrañas. Vámonos tú y yo, como antes, a un lugar donde podamos vivir sin miedo...

ADRIANO: Sí. ¿Y dónde está ese lugar? Si existe, hace mucho tiempo que desapareció o todavía no hemos sabido encontrarlo. No podemos huir de lo que somos, Antinoo. (Paternal). ¿Ya no te gusta Egipto?

ANTINOO: No, no es eso. Si pudiese volar, te agarraría y cruzaría junto a ti las estrellas y el mar interior. Me gustaría ver las colinas y las riberas de tu infancia y, luego, seguir más allá, dónde no haya recuerdos. Te amo, y sin ti, me siento vacío y solo, extraño a todo lo que no seas tú o te aleje de mí. Sólo te tengo a ti, Adriano. Y si tú te fueses de mi vida...¡Por favor! ¡Vámonos!

ADRIANO: (Paciente). Pero...¡Eso no puede ser! ¡Es imposible! ¿A dónde íbamos a ir? No lo entiendo...¿Y Chabrias?, ¿y Flegón? Son tus amigos, ¿no?

ANTINOO: Sí, pero...¿No lo entiendes? Si tú me pidieses que lo dejara todo por ti lo haría sin pestañear. ¿Por qué, si me amas como dices, no podrías hacer lo mismo tú por mí?

ADRIANO: (Reflexivo). Sí, todos tienen razón. Has crecido.

ANTINOO: Quiero cuidar de ti, envejecer contigo. Quiero despertarte por las mañanas con mis besos y, tras la puesta de sol, darte mi calor y cantarte viejas canciones hasta que te venza el sueño. Y cuando llegue el final, quiero que me entierres o enterrarte en la tierra limpia de una pradera, sin lujos ni cantos fúnebres. Quiero fundirme contigo en la Madre Tierra, y que de nuestras manos abrazadas, no quede más que el recuerdo de nuestro amor. Sí, he crecido, y todo lo que he aprendido me lo has enseñado tú. Eres todo para mí, y por eso temo por ti.

ADRIANO: Pero, ¿por qué? ¿No eres feliz así? ¡Ay, pequeño griego! Esa vida idílica de la que me hablas no podrá ser nunca.

ANTINOO: (Triste). ¿No?

ADRIANO: ¿Y Roma? ¿Y el Imperio?

ANTINOO: Tú te irás y todo eso quedará. Conoces los oráculos. Estás en peligro. Y tengo miedo.

ADRIANO: ¿Miedo por mí? ¿Por las palabras de la hechicera? No se puede hacer caso a todo el mundo.

ANTINOO: Ella te dijo que te fueras. Y todavía estamos a tiempo. ¡Vámonos, por favor! ¡Por favor!

ADRIANO: (Inflexible). Olvídalo, Antinoo. No puede ser.

ANTINOO: No quiero perderte. Estoy preparado para todo, ¿me oyes?

ADRIANO: Pero, ¿por qué? ¡Esto es increíble! Todo el mundo quiere que me vaya de aquí. ¡Incluso tú! Y todo por las amenazas de una hechicera. ¡Cómo si fuese la primera vez que me vaticinan peligros! (Silencio). Pues no, no podemos irnos todavía. (Pausa. Conciliador). Haremos una travesía por el Nilo, ¿qué te parece? (Silencio). ¡Contesta!

ANTINOO: Si ése es tu deseo.

ADRIANO: No me hables de ese modo. (Agotado). No sé qué es lo que te ocurre últimamente, la verdad. Voy a descansar un poco...¿vienes?

ANTINOO: (Dolido). No. De ahora en adelante, si lo ves preciso, pediré audiencia en Roma para verte, gran César.

ADRIANO: (Violento). ¡Basta ya! ¡Vete!

ANTINOO: (Tras un largo silencio). No cabe duda de que algo te está cambiando. El niño de tus caprichos se está haciendo un hombre, crece y ya es más difícil que se oculte entre tus piernas. Por eso te avergüenzas de mí en público. ¿Te crees que no lo he notado? Ahora sucede que tienes un efebo que piensa, que te hace preguntas a las que no quieres contestar. Me estás echando de tu vida, lo sé. Pero yo me iré antes de que dejes de quererme, para no hacerte más daño. Porque, ya no me amas, ¿verdad? (Llora). Es porque soy mayor, ¿no? ¿Ya no te excito? ¿No te satisfago en el lecho? ¿Me dejarás a mí, igual que dejaste a Lucio?

ADRIANO: Pero, ¿qué es lo que te pasa? ¡Sí, maldita sea! ¡Márchate! Quiero estar solo.

ANTINOO: (Casi llorando, suplica). No me eches, por favor...

ADRIANO: (Emocionado). No. No quiero que te vayas. (Se aproximan y se abrazan). ¿Qué puedo decir que no haya dicho ya? ¿Que no me quieras más? ¿Es eso posible? No. Al querer mi felicidad, quiero la tuya, pero no te doy más que tristeza. Te amo con locura, jovenzuelo, pero no puedo amarte más: ¿Acaso no estoy siempre que puedo junto a ti? ¿Acaso no te prefiero a los demás? No, claro que no quiero que te vayas. No podría vivir sin ti, no quiero que me dejes nunca. (Silencio). ¿Me estás oyendo? (SABINA, desolada, huye desesperada. ANTINOO intenta hacer lo mismo. ADRIANO se lo impide). No te vayas. Espera, por favor. ¿Qué nos ocurre? Háblame. Sabes que no soporto tu silencio. Yo también estoy nervioso, cansado de tanta muerte, de este maldito Egipto funerario. Pronto nos marcharemos, te lo prometo. ¿Adónde quieres ir?

ANTINOO: No quiero ir a ningún sitio. Quiero volver.

ADRIANO: ¿Volver? ¿Adónde?

ANTINOO: Volver a nacer. Volver a ser libre.

ADRIANO: ¿Libre de mí? (Silencio).

(En ese mismo instante ADRIANO advierte la presencia de FLEGÓN. Transforma su actitud. ANTINOO continua silencioso).

ADRIANO: Entra, Flegón. ¿Qué pasa?

FLEGÓN: Perdón, César. Parece ser que el estado de vuestra esposa, la emperatriz Sabina, ha sufrido un súbito empeoramiento. Me ha rogado personalmente que vayáis a verla cuanto antes.

ADRIANO: (Severo). Bien. ¿Dónde está?

FLEGÓN: Hermógenes la está atendiendo en sus aposentos del Liceo.

ADRIANO: Iré enseguida, Flegón. Gracias. (ADRIANO y ANTINOO se miran unos instantes. FLEGÓN se marcha). Tengo que irme.

ANTINOO: Claro. (Transición). Una mujer a la que apenas conozco me ha contado hoy una historia muy triste. ¿Quieres oírla antes de irte...?

ADRIANO: (Marchándose). Ahora no puede ser. Luego me la cuentas, ¿de acuerdo? (Vuelve a él). Mírame. (Lo obliga con dulzura). No quiero irme así. (ADRIANO le seca las lágrimas y lo besa, antes de desaparecer).

LA PRESENCIA DE LA HECHICERA:

A la Puerta del viento del Oeste:



Ra vive, la tortuga muere.



A la Puerta del viento del Este:



Ra vive, la tortuga muere.



A la Puerta del viento del Norte:



Ra vive, la tortuga muere.



A la Puerta del viento del Sur:



Ra vive, la tortuga muere.


ANTINOO: ¡Cantad, sí! ¡Cantad a la muerte! La muerte es la salida, la victoria, la entrada a una nueva vida... ¿Por qué me acuerdo hoy de ti, madre? ¡Qué lejos veo tu cara y qué grises los verdes bosques de Claudiópolis! (¿Le hablará a la escultura del emperador?). ¿De veras estoy tan solo? (Abraza con cariño la estatua). ¿Quién dice que nuestro amor es imposible? No sólo es posible sino que, aún más, durará eternamente. Y no se podrá medir en esta vida llena de mentiras y de miedos. ¿No lo entiendes? Eternamente enamorado de ti, eternamente joven. (La HECHICERA se acerca, lo acurruca en su regazo y le canta una canción de cuna primitiva). Algún día tengo que contarte esta historia. En verdad eres el centro de mi vida, de mi universo. Pero me he perdido en la oscuridad de los tiempos. ¿Te acordarás de mí? ¿Servirá de algo todo lo que tendré que hacer por ti? Por encima del cuerpo y de la mente, pero con el cuerpo y con la mente, a pesar de las mentes vulgares que no nos entiendan y detesten nuestra felicidad, porque no eres dios, y porque lo pareces...Por tantas y todas las cosas, yo te amo...(En letanía que acabará en susurro). Te amo, te amo, te amo...







(FRAGMENTO 2)





Breve oscuro. Música alegre. Interior del barco de Lucio. Un grupo de actores bailan y representan una singular farsa. El emperador ADRIANO, LUCIO, HERMÓGENES y el resto del Séquito les observan, mientras celebran una gran fiesta. Los platos y los números acrobáticos se suceden con suntuosidad. LUCIO está pletórico. CHABRIAS ha desaparecido y, con él, todo rastro de la escenografía anterior.





UN ACTOR: (Tras una máscara, recita y danza como en los dramas griegos el siguiente elogio). ¿Te atreverías a quejarte, César? (Todos le observan sonrientes y expectantes, acostumbrados a las excentricidades de LUCIO). Y la verdad es que estás rodeado de todo lo mejor de la vida. (Juguetea con el resto de los cómicos). ¡Ay, Narciso que se bebió sus propias lágrimas! ¿Qué más se puede desear? ¡Tan sólo eres el dueño del mundo! Todo crece, se multiplica a tus pies, incluido el poder de la vida y de la muerte. (ADRIANO niega sonriente). ¿No? Quizás no de tu vida, pero sí de las que te rodean. Por ejemplo, la soñadora emperatriz: ¡Sabina! Es, después de todo, una matrona ejemplar. Siempre recta, púdica...¿virgen?... En fin, la esposa que todo lo acepta con, a veces, indistinta resignación...

El monarca, pese a todo, mantiene su buen humor y hace gestos de reproche a Lucio.

ADRIANO: (Al actor) ¿No te falta la música?

UN ACTOR: ¡Sí! ¿Por qué no tocas la flauta, emperador? ¡Qué privilegio para Roma, para el mundo, tener un monarca músico! ¡Vamos! Nadie toca la flauta mejor que tú. Pero no me malinterpretéis...¡Adriano es, además, un gran poeta! ¡Un inigualable artista! El César arquitecto, el César estudioso de las estrellas y amante de los cuerpos de los cómicos.... ¡Perdón!... ¡Quise decir de los cuerpos cósmicos! ¡Aún más! Adriano, protector de los actores y las artes. ¡Aún más! (Salta al suelo). ¡Cientos de ciudades te admiran porque las embelleces y reconstruyes, dándoles esplendor y seguridad! Roma te ama. Itálica, Tarraco, Nimes, Atenas, Pérgamo, Antioquía... (Ríe). ¡Todo el mundo te ama!. Pero, ¿y tú? ¿A quién, que no seas tú mismo, amas, emperador?

ADRIANO: (Aplaude la representación). ¡Basta, basta!...¡Qué gran autor podrías ser, Lucio! Pero te suplico que no sigas...Ya he recibido demasiados insultos por hoy. (Silencio. Instantes de tensión. Adriano sonríe). Aún eres joven y te quedan por aprender muchas cosas. Aunque esas magníficas dotes de dramaturgo te van a ser muy útiles cuando te dirijas al senado y al pueblo de Roma como emperador...(LUCIO se enorgullece. ADRIANO bromea). No hagas que me arrepienta, ¿de acuerdo? (Risas, los actores saludan y siguen sus piruetas).

En medio de la alegría, la inesperada entrada de ANTINOO, bastante ebrio, provoca un breve silencio. Todos le miran. LUCIO, divertido, le lanza una corona de flores que el joven griego atrapa en el vuelo. Vuelve a sonar la música. ANTINOO danza seductor para el emperador y acaba llevándoselo entre el séquito arengado por los gritos cómplices de los actores. La cena va transformándose en bacanal y apagándose lentamente hasta concluir en penumbras y susurros. Se oye el cercano chapoteo de las naves flotando sobre el río. La luz de las antorchas se extingue y, con ella, la escena del banquete.




Amanece el primer día del mes de Atir. Ruidos de viento y mar inquieto. Vuelven los cantos fúnebres y la escenografía anterior a la Fiesta de LUCIO. ADRIANO cubre con una capa y abraza la espalda de su favorito. Ambos miran asomados a una ventana el renacimiento del sol.



En el nacimiento de Osiris,



el hombre cruzará lugares recónditos.



En el nacimiento de Osiris,



el hombre penetrará en los aposentos secretos.



En el nacimiento de Osiris,



el hombre perforará los montes.



En el nacimiento de Osiris,



se abrirán los valles misteriosos e incógnitos.



En el nacimiento de Osiris,



la luz y las transformaciones,



el hombre conocerá.



ADRIANO: ¡Qué frío hace hoy!

ANTINOO: (Retozando entre los brazos del amigo). Sí. ¿Ves el faro? (ADRIANO asiente). En el nacimiento de Osiris, la luz y las transformaciones, el hombre conocerá.

ADRIANO: (Sonriente). ¿Sí? Pues me temo que hoy los egipcios van a celebrar la fiesta del nacimiento de Osiris con lluvia. ¿Ves aquellas nubes? Hermógenes dice que antes de esta tarde habrá una gran tormenta.

ANTINOO: También tiene que tener su otoño Alejandría.

ADRIANO: Y su invierno. (Señalando) Mira como el sol dora los mármoles del faro. La ciudad de Alejandro sobrevivirá a todas las estaciones. ¿Te gustaría que volviésemos a visitar su tumba antes de marcharnos?.

ANTINOO: (Asiente, misterioso). Adriano honrará al gran Alejandro y Antinoo honrará al amado Hefaistión.

ADRIANO: Chabrias te ha enseñado bien. Pero Adriano no ha fundado aún su Alejandría.

ANTINOO: Lo harás, y yo te mostraré el emplazamiento.

ADRIANO: (Volviéndose hacia él). ¿Por qué me hablas así? (Silencio. Lo peina con sus manos). ¿Y bien? Anoche bailaste como un poseído en la cena de Lucio. Cantaste para mí y reíste como nunca habías hecho antes. Y sin embargo hoy, al despertar, te he acariciado y me he encontrado un rostro envuelto en lágrimas. ¿Por qué? ¿Por qué no puedes ser feliz? ¿Cómo te puedo ayudar? ¿Quieres dejarme? Si es eso, si eso puede calmar tus sufrimientos, hazlo. Yo lo aceptaré. Cualquier cosa antes que seguir viéndote triste. (Antinoo se incorpora y le da un largo beso).

ANTINOO: Soy feliz, Adriano. Soy el ser más afortunado. ¿Podrás disculparme por todo lo que te he hecho sufrir?

ADRIANO: ¿Disculparte? ¿Por qué? (Ríe). A veces dices las cosas como si fuese la última vez que fuéramos a vernos. (Pausa). Está bien, te lo perdono todo. Pero, como penitencia, tendrás que amarme toda tu vida. ¿De acuerdo?

ANTINOO: (Silencio). Lo haré. Hasta el último momento de mi vida, lo haré. (ADRIANO lo mira con seriedad. Luego lo acaricia y sonríe confiado. Entra EUFORIÓN, que comenzará a vestir al emperador).

ADRIANO: ¡Un día más! (Entra también FLEGÓN). ¡Flegón! ¡Buenos días! ¿Qué tienes hoy para mí?

FLEGÓN: El correo de Roma ya ha llegado. Os espera.

ADRIANO: Gracias, Flegón. (FLEGÓN sale y después entra con la comitiva. El emperador habla a ANTINOO). ¿Y tú qué vas a hacer hoy?

ANTINOO: Voy a darte mi corazón.

ADRIANO: ¿Y...?

ANTINOO: Y buscaré el sitio para tu nueva ciudad.

ADRIANO: ¿Aquí? (Ríe).

ANTINOO: Junto al Nilo, cerca de la ciudad de Alejandro.

ADRIANO: (Alejándose). Pensé que no te gustaba Egipto.

ANTINOO: (Casi como un susurro). No te vayas todavía...

ADRIANO: (Casi sin oírlo). ¿Qué?

ANTINOO: Nada...

(El emperador saluda a los miembros del Correo, que entran portando legajos y documentos. Este pasaje se desarrollará al fondo del escenario, iluminado por una luz diferente y más tenue. Sus voces, que tratan asuntos de gobierno, apenas si se escuchan. ADRIANO ya no ve a ANTINOO, que quedará en un primer plano, más fuertemente iluminado).



ANTINOO: (Arrodillado, junto al agua del río). Adriano...Ya no puedo verte. Tengo frío, mucho frío. ¿Qué? No, no te oigo. ¡Hablas conmigo? No te entiendo. Deja de llorar, así podré comprender tus palabras. (La HECHICERA danzará sobre el agua y mojará, con su ritual, al joven griego). Yo nací en un bosque de Claudiópolis. Muy lejos de aquí. Tan lejos, que ya tampoco puedo verlo. ¿Cómo dices? ¡Habla más alto para que yo pueda oírte! ¡Adriano! ¿No ves que soy como el ave bennu? Mi pequeño emperador, mi amigo y compañero. ¡Me hundo para que tú puedas volar! Pero tengo tanto miedo. Tengo miedo a que un día te vayas y me dejes en la orilla. Y el agua está fría y oscura. No veo mi reflejo. Ven...¡Ven junto a mí! ¿Por qué no vienes a salvarme? (Corta unos rizos de su cabello y los quema en sacrificio). Ven y reconoce el cuerpo que tanto has amado, el cuerpo ágil que ha de pesar como una gran piedra y no volverá a jugar abrazado al tuyo. Aquí he de dejarlo, para siempre, en los cimientos de una ciudad que hoy empiezo a levantar para ti. (Tiembla). En el fondo del río hace frío y me siento muy solo. ¿Adriano? ¿Adriano? ¡La luz!...ya no te veo, ni te siento. ¡No me sueltes, Adriano! (La HECHICERA lo sumerge lentamente y sin resistencia en el agua. ANTINOO vuelve a tomar aire). ¡No! ¡Madre! ¡He visto tu rostro! ¿Dónde estás? ¡Adriano! ¡Por tu vida, ven a salvarme! Aquí podremos amarnos siempre. Y no tendremos que fingir más, ni sentiremos el temor de la despedida, ni nada importará que llueva sobre Alejandría. Saldrá el sol. Yo lo llevaré siempre junto a ti. ¡No me olvides nunca! ¡No me sueltes nunca, por favor! (Rápido). ¡Yo nací en un bosque de Claudiópolis! ¡Yo nací en un bosque de Claudiópolis! ¡Yo nací en un bosque..! ¡No me dejes solo! ¡No me sueltes! ¡No!...(La HECHICERA vuelve a sumergirlo, hasta concluir el sacrificio).

Hay un hombre solo



que llora en el puente de un barco.



De cabellos grises.



De cabellos grises.



Hay otro hombre solo



que llora en el ribazo de un río.



¡Ay, Dios de las agonías!



¡Ay, Dios de las agonías!



(Todo parece apagarse. Todo desaparece. En el oscuro, aún podrán oírse los llantos de un niño y una triste canción de duelo, incomprensible, que canta una hechicera cerca de Alejandría. Comienza a llover sobre el Nilo. Una luz gris nos vuelve a descubrir en la escena al emperador, muy inquieto, junto a CHABRIAS. Movimiento de esclavos que entran y salen buscando al favorito por todas partes).





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